El acto de encontrarse a uno mismo - Una meditación


Una de las primeras cosas que hago cuando llego a una nueva ciudad es guardar el libro guía, el mapa o cualquier otro artefacto electrónico que sirva para ayudarme a encontrar mi camino a casa, escojo cualquier punto cardinal en el horizonte y camino hacia él. Camino hasta que ya no puedo caminar más, sin parar, hasta que el hambre, el cansancio o la oscuridad de la noche me obligue a hacerlo.

Este pequeño ritual de viaje me llena de un par de cosas: Me da una buena idea de la estructura de la ciudad, y aún más importante, de perderme.




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Entonces sí, es mi opinión que el arte de perderse es una parte vital de las experiencias de viaje, y uno simplemente no puede viajar sin sucumbir a ello, al menos en forma metafórica. Estando de pie en el medio de Addis Ababa o de Mumbai o La Paz; uno mira el cielo y se ve a uno mismo en el centro de un gran laberinto en espiral que lo trajo hasta aquí -perdido- fuera de su elemento; pero disfrutando de lo que uno cree que esto era lo uno tenía en mente, ver estos lugares místicos, perderse a sí mismo en ellos; y finalmente comprenderlos en una forma que uno no esperaba.

De seguro, en las reuniones de cenas usted dirá que va para Vietnam a tomar fotos de los mercados flotantes y a Ciudad del Cabo para deambular por los bordes desgastados del famoso Mantel; pero muy adentro uno sabe que uno sólo quiere perderse en el mundo, ver sus huellas secarse detrás de sí y ver como las migajas de pan desaparecen en las gargantas de los cuervos que se posan en nuestro camino. A medida que cada pedazo se disuelve, asimismo lo hace el apego a ellos y la imperiosa necesidad de tener un mapa que nos indique direcciones.

De alguna manera, viajar nos alivia la normalidad del día a día, de lo cotidianidad que la vida nos presenta (y que a menudo nos aburre). Es una partida de la rutina, que por la razón que sea es decepcionante. Pero lo que en realidad estamos buscando, quizá sin aún saberlo, es lo que Ray Bradbury una vez llamó “La estética de la perdición”, ese mareo medio raro que te desnuda bajo las influencias del mundo, para que quizás algún tiempo después, puedas convertirte en perdido.

Estar perdido es equivalente a estar a la merced de su ambiente, estar indefenso y asustado; pero ese mismo sentimiento es lo que desbloquea el camino del descubrimiento. Estas cosas son una extraña pareja - uno genera al otro, por así decirlo, es el precio a pagar por el otro.

Si usted es un ávido aventurero o un turista tímido, cada viaje es una aventura a “la estética de la perdición”. Puede que vaya con amigos, en grupo, con seres amados, o animales de peluches; pero la meta oculta en cada viaje es sentirse separado e independiente; y felizmente distante de lo normal.

Perder las presiones desde todos lados; eso es lo que nos da satisfacción - pero sabemos, muy en el fondo, que esquivaremos las hondas y las flechas y saldremos vivos; y lo que sentimos se hace más fuerte con cada paso que damos hacia lo desconocido.

Mientras giro otra esquina de la ciudad, más y más profundo en sus grietas, cada nueva fachada de los edificios, más inusual, cada cara más extranjera; soy consciente que sentirse perdido no es totalmente desagradable. Mientras viajo más adentro en el corazón de la oscuridad; incorporado simplemente en un restaurante donde no se habla inglés, o una invitación a cenar con un amigable lugareño o con un extranjero; o una iglesia donde las más exóticas ceremonias se llevan a cabo; me doy cuenta de forma más clara que “perderse” no es igual a sentir pánico, sufrimiento o angustia.

Es cuando me doy cuenta que “perderse” es una condición a la que estoy expuesto, a la habilidad de encontrarme a mí mismo.

Este concepto se resume perfectamente en una simple, pero muy elegante cita del gran Douglas Adams:

“Quizá no he ido a donde tenía la intención; pero creo que he terminado en el lugar donde tenía que estar” 

Llego a una nueva ciudad o pueblo y comienzo a caminar, tomando esos pasos ceremoniosos bajo los aleros de idiomas desconocidos, un clima nuevo, caras de los lugareños mirándome de reojo con sus ceños fruncidos como diciéndome: “Este no es tu lugar. ¿Qué haces aquí?” y me da un sentimiento de ansiedad, nervios en el estómago que hacen que cada paso sea más intranquilo, pero a la final la intranquilidad es sofocada por el conocimiento que cuando yo regrese, y siempre lo haré, habrá alivio, gratificación, seguridad y una persona que se verá en gran parte como yo convirtiéndome en mí mismo.

¿Viajas para encontrarte a ti mismo o es lo contrario? ¿Hay algo más para ti?. Háblanos en la sección de comentarios.


 

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